9 de septiembre de 2026
Agricultura: cómo producir 30 años sin agotar el suelo
A tres décadas de la consolidación de la siembra directa, el desafío de la agricultura argentina ya no pasa solamente por producir más, sino por garantizar que los suelos mantengan su capacidad productiva durante las próximas generaciones. El especialista estadounidense Dwayne Beck y el INTA plantearon claves para mejorar el uso del agua, los nutrientes y la biología mediante sistemas más diversos y resilientes.
En el Día de la Agricultura, el debate sobre el futuro del sector volvió a poner el foco sobre un recurso fundamental: el suelo. La pregunta que atraviesa a los sistemas productivos es cómo sostener altos niveles de producción durante las próximas décadas sin comprometer la capacidad de los lotes para seguir generando alimentos.
El interrogante fue uno de los ejes planteados por Dwayne Beck, profesor emérito de la Universidad Estatal de Dakota del Sur y referente del campo experimental Dakota Lakes Research Farm, durante una jornada técnica en la que compartió su mirada junto con Nicolás Bronzovich, presidente del INTA.
Para Beck, la agricultura enfrenta una nueva etapa en la que no alcanza con incorporar tecnologías de manera aislada. El desafío consiste en diseñar sistemas productivos capaces de aprovechar mejor los procesos naturales y, al mismo tiempo, sostener la productividad.
De la siembra directa a un sistema más integral
La siembra directa significó un cambio profundo en la agricultura al reducir la remoción del suelo y favorecer la conservación de su estructura.
Sin embargo, desde la perspectiva de Beck, el próximo paso consiste en ir más allá de esa práctica y pensar en sistemas completos, donde las rotaciones, la cobertura, las raíces y la actividad biológica tengan un papel central.
El especialista encontró similitudes entre las praderas de Dakota del Sur y la región pampeana argentina. Ambos territorios fueron originalmente grandes pastizales y poseen condiciones que permitieron desarrollar una elevada productividad agrícola.
En esos ecosistemas naturales, las plantas contaban con raíces profundas y diversas, capaces de capturar agua y nutrientes y mantener activa la biología del suelo durante buena parte del año.
La agricultura, en cambio, simplificó ese funcionamiento al concentrarse en pocos cultivos y períodos relativamente breves de crecimiento.
Por eso, una de las claves para las próximas décadas sería recuperar parte de esa diversidad y mantener el suelo cubierto y con raíces activas durante más tiempo.
Cuatro procesos que definen al suelo
Las experiencias realizadas durante años en Dakota Lakes se basaron en eliminar las labranzas y utilizar rotaciones diversificadas con trigo, maíz, sorgo, girasol, canola y legumbres como arvejas, lentejas y garbanzos.
El objetivo no fue simplemente incorporar más cultivos, sino recrear algunas de las funciones de los ecosistemas originales.
Para Beck, la agricultura debe prestar especial atención a cuatro grandes procesos:
Agua. Se busca aumentar la infiltración, reducir el escurrimiento y la evaporación y mejorar la capacidad del suelo para almacenar humedad.
Energía solar. Las plantas capturan energía mediante la fotosíntesis y la transforman en materia orgánica. Mantener cultivos activos durante más tiempo permite aprovechar mejor ese recurso.
Nutrientes. Cada cosecha extrae nutrientes del suelo. Por eso, la reposición y el equilibrio nutricional son fundamentales para evitar un deterioro progresivo de la productividad.
Biología. La diversidad de organismos y procesos biológicos contribuye a generar sistemas más estables y con mayor capacidad de adaptación.
Más diversidad para enfrentar los problemas
Este enfoque también modifica la manera de analizar algunos de los problemas habituales de los lotes.
Malezas, enfermedades y determinadas plagas no deberían ser consideradas únicamente como fenómenos aislados que deben eliminarse, sino también como posibles indicadores del nivel de equilibrio y diversidad del sistema.
Las experiencias de largo plazo de Dakota Lakes son utilizadas por Beck para demostrar el potencial de este enfoque. Según explicó, el campo experimental lleva más de dos décadas sin aplicaciones de insecticidas de cobertura total, mientras el manejo de plagas se apoya en las relaciones entre organismos, predadores y hongos presentes en el ecosistema.
La misma lógica se aplica a la compactación.
Desde su perspectiva, utilizar la labranza para solucionar problemas de infiltración puede atacar el síntoma sin resolver la causa. La remoción modifica la estructura del suelo y la estabilidad de sus poros y puede generar nuevas condiciones de compactación cuando el terreno vuelve a ser transitado.
La alternativa consiste en diseñar sistemas que reduzcan la aparición del problema, en lugar de depender permanentemente de intervenciones mecánicas.
El agua, una oportunidad para producir mejor
Uno de los principales beneficios de mantener cobertura y raíces activas durante más tiempo está relacionado con el aprovechamiento del agua.
Un suelo con mejor estructura puede favorecer la infiltración de las precipitaciones y almacenar una mayor proporción de ese recurso para los momentos en que los cultivos lo necesitan.
En este sentido, la diversificación de las rotaciones no constituye solamente una herramienta agronómica: también puede contribuir a mejorar la eficiencia en el uso del agua y reducir la vulnerabilidad de los sistemas frente a períodos de déficit o excesos.
La clave está en que el suelo deje de ser visto como un soporte físico de los cultivos y pase a ser considerado un sistema vivo, donde interactúan agua, nutrientes, raíces, microorganismos y materia orgánica.
El desafío de los nutrientes
La sustentabilidad productiva también requiere mirar qué ocurre con los nutrientes que salen del campo junto con cada cosecha.
La extracción permanente sin estrategias adecuadas de reposición puede deteriorar progresivamente la fertilidad.
En este punto, Beck planteó además la importancia de avanzar en un mayor agregado de valor y transformación local de los granos.
La integración de la agricultura con actividades como la ganadería y la producción láctea puede contribuir a generar circuitos donde parte de los nutrientes extraídos de los cultivos regresen al sistema.
La cuestión no es solamente cuánto produce un lote en una campaña determinada, sino qué capacidad productiva conserva después de años de agricultura.
Ciencia, experimentación y productores
El camino hacia una agricultura de largo plazo requiere también una mayor integración entre ciencia y producción.
El trabajo de organismos como el INTA y las universidades permite estudiar los procesos que ocurren en el suelo, desarrollar tecnologías y generar información sobre genética, nutrición, manejo y ambiente.
A su vez, los productores y los centros experimentales aportan experiencia acumulada y permiten evaluar cómo funcionan los sistemas completos bajo diferentes condiciones productivas y económicas.
La combinación de ambos conocimientos permite pasar de una visión de la innovación basada exclusivamente en una tecnología determinada a otra centrada en el diseño integral de los sistemas agrícolas.
Pensar hoy la agricultura de 2056
A 30 años de la consolidación de la siembra directa, la discusión plantea un nuevo horizonte.
La agricultura argentina cuenta con un enorme potencial productivo, pero sostenerlo exige conservar el recurso que está en la base de toda la actividad: el suelo.
La propuesta que surge de las experiencias analizadas por Beck apunta a mantener el suelo cubierto, incrementar la diversidad, favorecer el desarrollo de raíces, fortalecer la biología, aprovechar mejor el agua y equilibrar la extracción y reposición de nutrientes.
El desafío, en definitiva, es pasar de una agricultura que busca solamente resolver los problemas de cada campaña a sistemas capaces de anticiparse a ellos y mantener su productividad durante décadas.
Porque producir hoy es necesario, pero conservar la capacidad de producir mañana será decisivo para la agricultura argentina.